jueves, 24 de noviembre de 2016



MI PRIMA TIENE MUCHA IMAGINACIÓN


He hecho esta práctica como he podido. El otro día estaba en mi casa de comida familiar. Mi madre acababa de llegar de un viaje de Argentina y mis tíos y primos vinieron a verla. Le dije a mi prima, que estaba algo aburrida, a ver si quería ayudarme a sacar unas fotos. Y rápidamente me contestó que sí. La llevé a mi cuarto y le comenté que tenía que sacar fotografías a un bodegón y que podía coger todo lo que quisiera de mi habitación para hacerlo. Cogió una taza, unas flores de plástico, una pajita, una vela con su mechero y del bolso de su madre sacó un bolígrafo y en un papel apuntó las primeras palabras que se le ocurrieron. Yo mientras tanto cogí los flexos del cuarto de mi hermano y el mío para poder jugar con las luces y lo preparamos todo.


Mientras mi prima Nahia se entretenía poniendo las luces como le indicaba, yo no paraba de jugar con el diafragma y el obturador. 





Cada vez estaba más convencida de que mi prima había hecho un buen trabajo en la elección de los elementos del bodegón. Se nos ocurrió utilizar la vela como única fuente de luz, queríamos ver hasta donde sería capaz de iluminar esa luz en la cámara.




Y es que sin duda, todo es cuestión de jugar con la luz.





















FUERA Y/O DENTRO

Esta ha sido la práctica en la que más he aprendido a utilizar el obturador y el diafragma. Hasta esta última práctica no comprendía del todo cómo debía hacer uso de ellos correctamente, y es que se trata de jugar. Pensaba que todo el mundo conocía las combinaciones menos yo, que había algo que no comprendía del todo, pero en esta práctica me he dado cuenta que nadie sabe combinarlas con exactitud. Me he dado cuenta de que coger una cámara es jugar. Y gana quien relacione mejor la velocidad, la luz y el brillo.

Al hacer esta práctica ya tenia en mis manos la nueva cámara de fotos que me había comprado. Hasta entonces tenía la de mi madre, que estaba bien, pero estaba algo vieja y los modos de cambiar el diafragma y la velocidad eran algo distintos. Como hasta entonces solo había usado el automático, me fue más difícil sacar fotos con esa cámara que con la nueva.

Estaba comiendo en FCOM, un día más, y aproveché para sacar las fotografías de la práctica. Escogí Facultad de Comunicación por varias razones: la primera, es mi facultad y es la que mejor conozco sin duda. La segunda, FCOM se rige por la segunda norma de las reglas de composición: las líneas, o esa es mi impresión. Y tercera, ciencias me ''pillaba'' muy lejos y no tenía tiempo para ir hasta allí en plenos exámenes; bibliotecas no me gusta por dentro; y amigos me recuerda a un aeropuerto (cosa que no me gusta fotografiar, además que los espacios son demasiado abiertos y no me motivaba a hacer ninguna foto allí). 



Me cogí la cámara y fui a explorar la facultad un poquito más. Empecé por lugares obvios, los abiertos, a los que todo el mundo iría a sacar sus primeras fotos.






Al hacer click me daba cuenta de la cantidad de luz que hay siempre en esta facultad. Esta hecha de esta manera para que sea la luz natural la que ilumine las paredes y a los alumnos. Dicen que quien hizo esta facultad la diseñó de esta forma tan neutra, blanca (sosa es la palabra para mí), porque somos los alumnos quienes le damos color. Yo desde primero he pensado que lo mejor que podríamos hacer sería traer unos sprays y cada alumno con un color pintara las paredes de forma espontánea y sin pensar. Lo que estamos aprendiendo aquí es a comunicar, pues sería una forma de comunicar lo diferentes que somos cada uno de nosotros, y como entre todos hemos logrado darle color a la comunicación, a la facultad.

Parece que los ventanales tan grandes estén hechos para demostrar a los alumnos que el color, la vida, la acción está ahí fuera, no dentro de la facultad. En cierta medida puede sonar a que nos están preparando para enfrentarnos al futuro, como si nos dijeran: allí está tu historia, no te quedes dentro esperando a que la historia llegue, ve tú a buscarla. 






Una vez terminé de hacer fotos de dentro a lo que se encuentra fuera de la facultad terminé pensando que dentro hay muchas cosas que contar, que somos nosotros los que tenemos que contarlas y que si no lo hacemos, nadie lo hará.









sábado, 29 de octubre de 2016



VISITA AL AYUNTAMIENTO Y AL MUSEO DE NAVARRA

Xabi Luque y yo caminábamos con prisa hacia el Museo de Navarra. Llegábamos tarde y sin pensarlo dos veces abrimos la puerta del Museo de Navarra. Le avisé al portero del museo que nuestra visita estaba ya organizaba y que veníamos con un grupos e la Universidad de Navarra. El guardia de seguridad me decía que no sabía de qué estábamos hablando y yo con mi carisma espontánea me reía al tiempo que le preguntaba si me estaba ‘’vacilando’’. Al escuchar su rotundo no, Xabi y yo salimos del museo y recordamos que habíamos quedado en el Ayuntamiento y no donde nos encontrábamos. Ambos colorados de la vergüenza nos dirigimos hacía apresurados. Vimos a nuestros compañeros sacando fotografías y de inmediato sacamos nuestras cámaras.


Tuvimos poco tiempo para sacar las fotos desde dentro del hall del Ayuntamiento y salimos a capturar la mítica fachada del Ayuntamiento. Siempre que la miro recuerdo el día del Chupinazo en San Fermín, y seguido siempre miro la plaza pensando en lo pequeña que es y lo difícil que me resulta aceptar los cientos de personas que entran en un espacio tan reducido. 
Una niña bailando en medio de la plaza hacían ver lo especial que es esta ciudad. Pequeños detalles que hacen a uno gritar por dentro: ¡Qué bonita eres Pamplona! Y es que muchas veces parece difícil recordarlo: el mal tiempo, el cielo siempre oscuro y la lluvia fría… Y es que los pamplonicas somos muy nuestros.





Una vez terminada la primera parte de la tarde que era fotografiar el Ayuntamiento, nos fuimos al Museo de Navarra. Allí se nos mostró un lugar escondido de Pamplona, yo llamo así a los lugares en los que puedes estar solo, con tus pensamientos, sin que nadie te moleste. Un lugar abierto al que vas cuando necesitas respirar y ese era la terraza del Museo.


Confieso que a mi los museos me gustan bastante y mi favorito siempre será el museo del artista Dalí. Los artistas locos siempre han sido mis favoritos, y no es que sean pocos. El arte me parece lo que más nos puede acercar a otras épocas, es una forma de pensar que todo lo que hemos estudiado, leído, aprendido, no se queda en las palabras de aquel profesor que me contaba la historia de Napoleón, sino que en el arte se ve reflejada la verdad del pasado. Es gracias a estas obras que siento que todo eso es cierto, soy así, tengo que verlo para creerlo.





viernes, 28 de octubre de 2016



CLAUSTROFOBIA


Llegamos al museo y empezamos a recorrer los pasillos sin saber en absoluto hacia donde nos dirigíamos. Las paredes pintadas de negro y de puerta en puerta entramos al fin en un cuarto oscuro, claustrofóbico. Unos pocos focos de luz en lo alto del techo iluminaban cuidadosamente nuestras cabezas. A ellos se les sumaban los focos que Juan estaba colocando estratégicamente en el centro de la sala. Cogía unas sillas mientras mis compañeros y yo preparábamos nuestras cámaras. Como es habitual, cuando tenemos la cámara en la mano, lo primero que hacemos es encenderla y empezar a sacar fotografías. Sin preocuparnos si era lo que había que hacer comenzamos a hacer ''click’’ en nuestros dispositivos de forma indeterminada. Las fotos seguían saliendo oscuras. Lo justo se percibía una sombra en la pequeña pantalla de la galería de imágenes de la cámara. Un rostro poco iluminado, y muchas sombras en él. Todos pensábamos que esa práctica iba a ser realmente extraña. Iba a ser oscura y claustrofóbica. 



Los focos encendidos. Juan empieza a dar la clase pero nadie puede dejar de hacer ‘’click’’, todos queremos sacar una fotografía clara, que no saliera oscura. Modificando el diafragma, la velocidad y el ISO, no paramos quietos. En el centro de la sala estaba esas sillas que Juan había colocado. Ramón salió como voluntario ante la incertidumbre. Iba a ser el modelo, el protagonista de nuestras capturas. Sentado en una de las sillas y los focos frente a él. Todos les sacamos fotos. Mi cámara antigua me impedía coger el dispositivo que permitía a mis compañeros sacar unas buenas imágenes. Suerte tuvieron. Mis fotografías apenas tenían calidad. Modificando el diafragma, encendiendo el flash… Y ni con esas pude hacer fotos que merecieran la pena. Pero lo intenté. 






Los modelos iban pasando y ni mi posición, ni mi cámara encajaban en lo que podría resultar una buena foto. Es bastante triste ver mis fotos y compararlas con las de mis compañeros. Las suyas son más claras, la luz más bonita y yo miro las mías con cierto patetismo. ¡Qué importante es tener la cámara adecuada! Mi claustrofobia no cesaba. Solo quería acabar, dejar de sacar fotografías que sabía que no eran buenas. Me sentía atrapada en esa habitación oscura. Me sentía atrapada en la vergüenza de la ausencia de calidad. Me daba claustrofobia la propia claustrofobia de la cámara.
















martes, 4 de octubre de 2016



UNO DE OCTUBRE

No era una tarde normal la del sábado 1 de octubre. Ese día iba a acompañar a mi amigo Fabio a sacar fotografías. Esas fotos míticas que se han puesto ahora muy de moda, yo las suelo llamar fotos ‘’postus’’. Consiste en sacar fotos a una chica que posa de forma artificial delante de la cámara en un paisaje escondido y alejado de todo. ¿Para qué? Para subirlas a las redes sociales y llenarse de ‘’likes’’. Una acción banal donde las haya, pero en la que nos sentimos realmente cómodos.


Una carretera solitaria y los árboles que la rodean son los actores secundarios y mi amiga Noa la protagonista. Cogimos el coche, Noa al volante y Fabio y yo detrás. Noa conducía bajo las órdenes de Fabio que le dirigía hacia esos lugares escondidos y encontrados. Aparcamos a un lado de la carretera, era una carretera muy larga y estrecha, llena de árboles a los lados que la convertían en un lugar único y especial. El sol se colaba entre los huecos de las ramas y la luz brillaba sobre el rostro de Noa. Esta estaba nerviosa y avergonzada. Nunca antes había posado para un fotógrafo y la vergüenza en ese momento era su peor enemigo. En pasos cortos y con las manos en la cara se estaba haciendo a la idea de cómo iba a desarrollarse esa tarde. Yo la arrastraba agarrándola por la espalda para que se colocara en medio de la carretera mientras se hacía de rogar. Fabio la tranquilizaba: ‘’Tú haz el tonto y ya está’’. Yo había dejado el móvil en el coche y tenía la cámara sin batería ni tarjeta de memoria en mis manos. Sacaba fotos imaginarias al paisaje, a esa carretera y a Noa. La luz era perfecta, eran las seis de la tarde y el sol estaba algo naranja y suave. Las sombras de las ramas sobre la carretera solitaria hablaban por si solas. Y Noa estaba preciosa, no hacía falta ni un filtro para que la fotografía tuviera la calidad que buscábamos. Yo hacía esas capturas imaginarias, mientras que Fabio las guardaba en su tarjeta de memoria. Que impotencia, yo sabia que había sacado muy buenas fotos, tan buenas como las suyas, y ¿por qué no? Algunas quizás serían hasta mejores. Pero no lo supe, ni lo sabré, ya que no pude guardarlas. Desaparecieron o más bien nunca aparecieron, no existieron si no fue en mi mente. Nadie sabrá nunca qué fotos saqué. Ni siquiera yo las recordaré. Una experiencia frustrante y vacía de material, pero no de sentido.

lunes, 19 de septiembre de 2016



LA MEDUSA


No hace falta que sea un gran árbol, que tenga una altura llamativa, que sus hojas sean verdes y tus ramas largas. Ni si quiera hace falta que tenga un tronco grueso, ni que tenga flores, simplemente que de sombra. Que de sombra cuando salga el sol y cobijo cuando no. Que tenga años en sus raíces para contarlos en tiempo.


Esta es una historia del pasado. El pasado de dos chicas. Lola era una niña que paseaba por los amplios jardines que rodeaban su casa a las afueras de Pamplona. Tenía siete años y agarraba con una mano su vestido y con la otra acariciaba el viento. Miraba hacia el sol directamente arrugando la nariz y levantando mucho el cuello. Daba vueltas sobre ella misma sin saber lo que tenía al frente. Sus padres le habían hecho mudarse de casa esa semana. Era verano y la mudanza había impedido que las vacaciones de todos los años a Salou no tuvieran lugar. Lola tenía que dormir en el suelo porque los muebles no habían llegado y no tenia juguetes con los que entretenerse. Todas las mañanas, durante cinco días, Lola hacía el mismo paseo hasta un árbol situado cerca del río. Ella se sentaba en la sombra que ese mismo árbol daba y arrancaba la hierba del jardín para formar ''montoncitos’’.


Maite era una niña que le gustaba pasar tiempo fuera de casa. Su hermano mayor pocas veces le hacía caso y cuando lo hacía era para ‘’chinchar’’ a Maite. Recién cumplidos los diez años, Maite creía que era mayor para todo, para todo y sin permiso de sus padres. No se puede decir que Maite era revoltosa, simplemente… Imaginativa o exploradora, cada adjetivo suena mejor que el otro. Para ella resultaba demasiado sencillo abrir la puerta de su casa y marcharse a ver lo que había por ahí afuera. Uno de esos días Maite paseaba cerca del río imaginando mil cosas en su cabeza a cada paso que daba. Veía el río como la larga cola de un dragón y los arboles las nubes que el dragón atravesaba. Era pura imaginación, pura niñez.



No es difícil pensar lo sencillo que parece que estas dos niñas vayan a juntarse en algún punto de esta historia. Y así ha sido. Maite revoloteaba como las mariposas por el jardín mientras que Lola recogía la hierba para formar ‘’montoncitos'', cuando Maite sin quererlo tropezó por culpa de un palo en el suelo y cayó encima de los ‘’montoncitos’’ de hierba de la pequeña Lola. Lola empezó a llorar y Maite corriendo reunió toda la hierba que se había esparcido. Montó una pequeña casa con la hierba y las hojas del suelo. Cuando Lola se quitó las manos de los ojos vio la obra de Maite y se agachó a mirarlo de cerca. En seguida se le pasó el enfado y Maite le enseñó a hacer casitas con hojas y ramas. 


-¿Por qué estás aquí sentada tú sola?- preguntó Maite.
-Porque mis papás no pueden jugar conmigo, están muy ocupados.- respondió la pequeña.
-¿Cómo te llamas?
-Lola, ¿y tú?
-Maite- le sonrió. 


-¿Sabes dónde estás sentada Lola?- preguntó Maite con voz espeluznante.
Lola negó con la cabeza.
-Estás sentada bajo Medusa y le estás molestando.
Lola miró hacia arriba aterrada.
-Si Lola, este árbol se llama Medusa y lo que le gusta hacer cuando llueve y se moja es sacudir sus ramas siempre cubiertas de hojas y atrapa a todos los pajaritos que puede.
-¿Para qué los atrapa?- preguntó la pequeña.
-¿Tú para qué crees que los atrapa?
-Para cuidarlos y para que vivan en sus ramitas.
Maite se levantó y miró a Lola desde arriba, sin decir ni una palabra más cogió el palo con el que se había tropezado y lo lanzó al río.



martes, 13 de septiembre de 2016

SILENCIO

En silencio es el modo de observar una obra. Observarla, para entenderla, para sentirla. 
Caminando por los pasillos del Museo de la Universidad de Navarra me doy cuenta de lo perdida que estoy. Perdida en el silencio que solo se rompe en las miradas. En las miradas de todos aquellos que se atreven a mantener una conversación con la obra. No todos son capaces de escucharla. Pero yo la oigo, la oigo en el silencio. 

Joan Fontcuberta ha dedicado mucho tiempo y mucho silencio a su gran exposición: Camouflages, y yo he podido contemplarla. 
Entro en una sala roja sin saber qué esperar de lo que voy a ver. Mi único conocimiento de la exposición es que se trata sobre una exposición fotográfica. ''Sputnik'' es una sección dedicada a un astronauta soviético que fracasó en su misión. Un dato que trató de ser borrado por la URSS que no quiso reconocer el error. Un conjunto de 
fotografías han sido las que han destapado el acontecimiento escondido y Joan Fontcuberta lo ha plasmado así:







No dejando de hablar del espacio, el fotógrafo centró su objetivo en capturar las estrellas en el cielo. Las estrellas que se unen en el silencio para contar y contarse como ''Constelaciones''. Este momento de la visita resulta de los mas interesantes para mi. Yo sigo mi camino entre las obras de Fontcuberta sin ningún rumbo predeterminado, mas que el propio autor ha querido señalar. Caminando entre fotografías, esa pared roja desaparece cuando entro en una habitación en la que se recrean las distintas constelaciones que hay en el espacio. Un lugar distinto, un lugar único en aquel museo. Esas gotas de pintura sobre las paredes hacen pensar a uno que no todos son capaces de contemplar las estrellas con los mismos ojos, o incluso, que no todos son capaces de pararse a contemplarlas.



Se rompe el silencio cuando entramos en una exposición dedicada a la imaginación, donde el ruido destaca también por el sonido de la selva. Esta exposición tiene el nombre de ''Fauna'' y cuenta con los animales, si es que se les puede llamar animales, más extraños. Serpientes con patas de pájaro, roedores con cola de serpiente y patas de pato... mutaciones genéticas que dan lugar a un nuevo zoológico que no deja de ser turbio y algo siniestro a mis ojos. 



Para cerrar esta visita, la exposición de Pierre Gonnord agrupaba el silencio en el rostro de aquellos que no hablan. ''Los mineros'' es una exposición sobre la personalidad, cómo reflejar la personalidad de alguien en una fotografía, un rostro, una vestimenta y los sentimientos.