martes, 4 de octubre de 2016



UNO DE OCTUBRE

No era una tarde normal la del sábado 1 de octubre. Ese día iba a acompañar a mi amigo Fabio a sacar fotografías. Esas fotos míticas que se han puesto ahora muy de moda, yo las suelo llamar fotos ‘’postus’’. Consiste en sacar fotos a una chica que posa de forma artificial delante de la cámara en un paisaje escondido y alejado de todo. ¿Para qué? Para subirlas a las redes sociales y llenarse de ‘’likes’’. Una acción banal donde las haya, pero en la que nos sentimos realmente cómodos.


Una carretera solitaria y los árboles que la rodean son los actores secundarios y mi amiga Noa la protagonista. Cogimos el coche, Noa al volante y Fabio y yo detrás. Noa conducía bajo las órdenes de Fabio que le dirigía hacia esos lugares escondidos y encontrados. Aparcamos a un lado de la carretera, era una carretera muy larga y estrecha, llena de árboles a los lados que la convertían en un lugar único y especial. El sol se colaba entre los huecos de las ramas y la luz brillaba sobre el rostro de Noa. Esta estaba nerviosa y avergonzada. Nunca antes había posado para un fotógrafo y la vergüenza en ese momento era su peor enemigo. En pasos cortos y con las manos en la cara se estaba haciendo a la idea de cómo iba a desarrollarse esa tarde. Yo la arrastraba agarrándola por la espalda para que se colocara en medio de la carretera mientras se hacía de rogar. Fabio la tranquilizaba: ‘’Tú haz el tonto y ya está’’. Yo había dejado el móvil en el coche y tenía la cámara sin batería ni tarjeta de memoria en mis manos. Sacaba fotos imaginarias al paisaje, a esa carretera y a Noa. La luz era perfecta, eran las seis de la tarde y el sol estaba algo naranja y suave. Las sombras de las ramas sobre la carretera solitaria hablaban por si solas. Y Noa estaba preciosa, no hacía falta ni un filtro para que la fotografía tuviera la calidad que buscábamos. Yo hacía esas capturas imaginarias, mientras que Fabio las guardaba en su tarjeta de memoria. Que impotencia, yo sabia que había sacado muy buenas fotos, tan buenas como las suyas, y ¿por qué no? Algunas quizás serían hasta mejores. Pero no lo supe, ni lo sabré, ya que no pude guardarlas. Desaparecieron o más bien nunca aparecieron, no existieron si no fue en mi mente. Nadie sabrá nunca qué fotos saqué. Ni siquiera yo las recordaré. Una experiencia frustrante y vacía de material, pero no de sentido.

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