lunes, 19 de septiembre de 2016



LA MEDUSA


No hace falta que sea un gran árbol, que tenga una altura llamativa, que sus hojas sean verdes y tus ramas largas. Ni si quiera hace falta que tenga un tronco grueso, ni que tenga flores, simplemente que de sombra. Que de sombra cuando salga el sol y cobijo cuando no. Que tenga años en sus raíces para contarlos en tiempo.


Esta es una historia del pasado. El pasado de dos chicas. Lola era una niña que paseaba por los amplios jardines que rodeaban su casa a las afueras de Pamplona. Tenía siete años y agarraba con una mano su vestido y con la otra acariciaba el viento. Miraba hacia el sol directamente arrugando la nariz y levantando mucho el cuello. Daba vueltas sobre ella misma sin saber lo que tenía al frente. Sus padres le habían hecho mudarse de casa esa semana. Era verano y la mudanza había impedido que las vacaciones de todos los años a Salou no tuvieran lugar. Lola tenía que dormir en el suelo porque los muebles no habían llegado y no tenia juguetes con los que entretenerse. Todas las mañanas, durante cinco días, Lola hacía el mismo paseo hasta un árbol situado cerca del río. Ella se sentaba en la sombra que ese mismo árbol daba y arrancaba la hierba del jardín para formar ''montoncitos’’.


Maite era una niña que le gustaba pasar tiempo fuera de casa. Su hermano mayor pocas veces le hacía caso y cuando lo hacía era para ‘’chinchar’’ a Maite. Recién cumplidos los diez años, Maite creía que era mayor para todo, para todo y sin permiso de sus padres. No se puede decir que Maite era revoltosa, simplemente… Imaginativa o exploradora, cada adjetivo suena mejor que el otro. Para ella resultaba demasiado sencillo abrir la puerta de su casa y marcharse a ver lo que había por ahí afuera. Uno de esos días Maite paseaba cerca del río imaginando mil cosas en su cabeza a cada paso que daba. Veía el río como la larga cola de un dragón y los arboles las nubes que el dragón atravesaba. Era pura imaginación, pura niñez.



No es difícil pensar lo sencillo que parece que estas dos niñas vayan a juntarse en algún punto de esta historia. Y así ha sido. Maite revoloteaba como las mariposas por el jardín mientras que Lola recogía la hierba para formar ‘’montoncitos'', cuando Maite sin quererlo tropezó por culpa de un palo en el suelo y cayó encima de los ‘’montoncitos’’ de hierba de la pequeña Lola. Lola empezó a llorar y Maite corriendo reunió toda la hierba que se había esparcido. Montó una pequeña casa con la hierba y las hojas del suelo. Cuando Lola se quitó las manos de los ojos vio la obra de Maite y se agachó a mirarlo de cerca. En seguida se le pasó el enfado y Maite le enseñó a hacer casitas con hojas y ramas. 


-¿Por qué estás aquí sentada tú sola?- preguntó Maite.
-Porque mis papás no pueden jugar conmigo, están muy ocupados.- respondió la pequeña.
-¿Cómo te llamas?
-Lola, ¿y tú?
-Maite- le sonrió. 


-¿Sabes dónde estás sentada Lola?- preguntó Maite con voz espeluznante.
Lola negó con la cabeza.
-Estás sentada bajo Medusa y le estás molestando.
Lola miró hacia arriba aterrada.
-Si Lola, este árbol se llama Medusa y lo que le gusta hacer cuando llueve y se moja es sacudir sus ramas siempre cubiertas de hojas y atrapa a todos los pajaritos que puede.
-¿Para qué los atrapa?- preguntó la pequeña.
-¿Tú para qué crees que los atrapa?
-Para cuidarlos y para que vivan en sus ramitas.
Maite se levantó y miró a Lola desde arriba, sin decir ni una palabra más cogió el palo con el que se había tropezado y lo lanzó al río.



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