sábado, 29 de octubre de 2016



VISITA AL AYUNTAMIENTO Y AL MUSEO DE NAVARRA

Xabi Luque y yo caminábamos con prisa hacia el Museo de Navarra. Llegábamos tarde y sin pensarlo dos veces abrimos la puerta del Museo de Navarra. Le avisé al portero del museo que nuestra visita estaba ya organizaba y que veníamos con un grupos e la Universidad de Navarra. El guardia de seguridad me decía que no sabía de qué estábamos hablando y yo con mi carisma espontánea me reía al tiempo que le preguntaba si me estaba ‘’vacilando’’. Al escuchar su rotundo no, Xabi y yo salimos del museo y recordamos que habíamos quedado en el Ayuntamiento y no donde nos encontrábamos. Ambos colorados de la vergüenza nos dirigimos hacía apresurados. Vimos a nuestros compañeros sacando fotografías y de inmediato sacamos nuestras cámaras.


Tuvimos poco tiempo para sacar las fotos desde dentro del hall del Ayuntamiento y salimos a capturar la mítica fachada del Ayuntamiento. Siempre que la miro recuerdo el día del Chupinazo en San Fermín, y seguido siempre miro la plaza pensando en lo pequeña que es y lo difícil que me resulta aceptar los cientos de personas que entran en un espacio tan reducido. 
Una niña bailando en medio de la plaza hacían ver lo especial que es esta ciudad. Pequeños detalles que hacen a uno gritar por dentro: ¡Qué bonita eres Pamplona! Y es que muchas veces parece difícil recordarlo: el mal tiempo, el cielo siempre oscuro y la lluvia fría… Y es que los pamplonicas somos muy nuestros.





Una vez terminada la primera parte de la tarde que era fotografiar el Ayuntamiento, nos fuimos al Museo de Navarra. Allí se nos mostró un lugar escondido de Pamplona, yo llamo así a los lugares en los que puedes estar solo, con tus pensamientos, sin que nadie te moleste. Un lugar abierto al que vas cuando necesitas respirar y ese era la terraza del Museo.


Confieso que a mi los museos me gustan bastante y mi favorito siempre será el museo del artista Dalí. Los artistas locos siempre han sido mis favoritos, y no es que sean pocos. El arte me parece lo que más nos puede acercar a otras épocas, es una forma de pensar que todo lo que hemos estudiado, leído, aprendido, no se queda en las palabras de aquel profesor que me contaba la historia de Napoleón, sino que en el arte se ve reflejada la verdad del pasado. Es gracias a estas obras que siento que todo eso es cierto, soy así, tengo que verlo para creerlo.





viernes, 28 de octubre de 2016



CLAUSTROFOBIA


Llegamos al museo y empezamos a recorrer los pasillos sin saber en absoluto hacia donde nos dirigíamos. Las paredes pintadas de negro y de puerta en puerta entramos al fin en un cuarto oscuro, claustrofóbico. Unos pocos focos de luz en lo alto del techo iluminaban cuidadosamente nuestras cabezas. A ellos se les sumaban los focos que Juan estaba colocando estratégicamente en el centro de la sala. Cogía unas sillas mientras mis compañeros y yo preparábamos nuestras cámaras. Como es habitual, cuando tenemos la cámara en la mano, lo primero que hacemos es encenderla y empezar a sacar fotografías. Sin preocuparnos si era lo que había que hacer comenzamos a hacer ''click’’ en nuestros dispositivos de forma indeterminada. Las fotos seguían saliendo oscuras. Lo justo se percibía una sombra en la pequeña pantalla de la galería de imágenes de la cámara. Un rostro poco iluminado, y muchas sombras en él. Todos pensábamos que esa práctica iba a ser realmente extraña. Iba a ser oscura y claustrofóbica. 



Los focos encendidos. Juan empieza a dar la clase pero nadie puede dejar de hacer ‘’click’’, todos queremos sacar una fotografía clara, que no saliera oscura. Modificando el diafragma, la velocidad y el ISO, no paramos quietos. En el centro de la sala estaba esas sillas que Juan había colocado. Ramón salió como voluntario ante la incertidumbre. Iba a ser el modelo, el protagonista de nuestras capturas. Sentado en una de las sillas y los focos frente a él. Todos les sacamos fotos. Mi cámara antigua me impedía coger el dispositivo que permitía a mis compañeros sacar unas buenas imágenes. Suerte tuvieron. Mis fotografías apenas tenían calidad. Modificando el diafragma, encendiendo el flash… Y ni con esas pude hacer fotos que merecieran la pena. Pero lo intenté. 






Los modelos iban pasando y ni mi posición, ni mi cámara encajaban en lo que podría resultar una buena foto. Es bastante triste ver mis fotos y compararlas con las de mis compañeros. Las suyas son más claras, la luz más bonita y yo miro las mías con cierto patetismo. ¡Qué importante es tener la cámara adecuada! Mi claustrofobia no cesaba. Solo quería acabar, dejar de sacar fotografías que sabía que no eran buenas. Me sentía atrapada en esa habitación oscura. Me sentía atrapada en la vergüenza de la ausencia de calidad. Me daba claustrofobia la propia claustrofobia de la cámara.
















martes, 4 de octubre de 2016



UNO DE OCTUBRE

No era una tarde normal la del sábado 1 de octubre. Ese día iba a acompañar a mi amigo Fabio a sacar fotografías. Esas fotos míticas que se han puesto ahora muy de moda, yo las suelo llamar fotos ‘’postus’’. Consiste en sacar fotos a una chica que posa de forma artificial delante de la cámara en un paisaje escondido y alejado de todo. ¿Para qué? Para subirlas a las redes sociales y llenarse de ‘’likes’’. Una acción banal donde las haya, pero en la que nos sentimos realmente cómodos.


Una carretera solitaria y los árboles que la rodean son los actores secundarios y mi amiga Noa la protagonista. Cogimos el coche, Noa al volante y Fabio y yo detrás. Noa conducía bajo las órdenes de Fabio que le dirigía hacia esos lugares escondidos y encontrados. Aparcamos a un lado de la carretera, era una carretera muy larga y estrecha, llena de árboles a los lados que la convertían en un lugar único y especial. El sol se colaba entre los huecos de las ramas y la luz brillaba sobre el rostro de Noa. Esta estaba nerviosa y avergonzada. Nunca antes había posado para un fotógrafo y la vergüenza en ese momento era su peor enemigo. En pasos cortos y con las manos en la cara se estaba haciendo a la idea de cómo iba a desarrollarse esa tarde. Yo la arrastraba agarrándola por la espalda para que se colocara en medio de la carretera mientras se hacía de rogar. Fabio la tranquilizaba: ‘’Tú haz el tonto y ya está’’. Yo había dejado el móvil en el coche y tenía la cámara sin batería ni tarjeta de memoria en mis manos. Sacaba fotos imaginarias al paisaje, a esa carretera y a Noa. La luz era perfecta, eran las seis de la tarde y el sol estaba algo naranja y suave. Las sombras de las ramas sobre la carretera solitaria hablaban por si solas. Y Noa estaba preciosa, no hacía falta ni un filtro para que la fotografía tuviera la calidad que buscábamos. Yo hacía esas capturas imaginarias, mientras que Fabio las guardaba en su tarjeta de memoria. Que impotencia, yo sabia que había sacado muy buenas fotos, tan buenas como las suyas, y ¿por qué no? Algunas quizás serían hasta mejores. Pero no lo supe, ni lo sabré, ya que no pude guardarlas. Desaparecieron o más bien nunca aparecieron, no existieron si no fue en mi mente. Nadie sabrá nunca qué fotos saqué. Ni siquiera yo las recordaré. Una experiencia frustrante y vacía de material, pero no de sentido.